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El LEON, LOS CONEJOS Y EL MONO

Enviado por Meyer el 06/04/2007

El LEON, LOS CONEJOS Y EL MONO


Había una vez un león que era muy orgulloso de su belleza y de su precioso pelo pero era muy flaco y no le gustaba nada verse así...

“¡Si pudiera ser que mis cenas se quedaran quietas y se dejaran coger!” decía. Pero esto nunca ocurría. Cuando querría una cebra para cenar, la cebra siempre se escapaba. Y ocurría lo mismo con las jirafas y los elefantes. Cuánta más hambre tenía, más corría y cuanto más corría, más hambre tenía y más se le veía las costillas de lo flaco que era...

Un día, el león se encontró con una familia de conejos simpáticos y listos que no se escaparon al verle. Él se los hubiese comido todos, pero antes de que pudiera relamerse, los conejos le dieron un gran plato de guiso de zanahorias con hierbas, champiñones y pescado. Aquello era delicioso. Era tan bueno que, durante un tiempo el león cenaba todas las noches con los conejos y pronto se puso gordo y rechoncho.

“Tengo que hacer algo para mis pequeños amigos” pensó el león, después de tomar muchos guisos de zanahorias. Entonces, se puso a vigilar el huerto donde una cebra estaba intentando comerse unas zanahorias y le espantó con su rugido. Rugió también al elefante que estaba pisando los champiñones y al cocodrilo que estaba pescando en el río, ¡Los conejos necesitaban estos peces para hacer su delicioso guiso de zanahorias!

Los conejos estaban felices y el león también, cenando a diario su guiso. Pero un día, al llegar a casa de los conejos la encontró vacía, la olla también estaba vacía. Había una nota de los conejos que decía: “Querido león, hemos ido a visitar a nuestra abuela. Puedes utilizar la olla y hacer el guiso de zanahorias cuando quieras”.

Eso hubiese sido estupendo pero el león era tan patoso, tenía las patas tan grandes que no podía recoger hierbas ni champiñones para el guiso. Además, no era buen pescador, cogió la caña de pescar e hizo muchos intentos pero los peces no mordían. Y lo peor es que el huerto de zanahorias empezaba a secarse bajo el sol...

En poco tiempo, el león se puso flaco de nuevo, se sentaba al lado del río y se veía reflejado “¡Qué horror! Se ven todas mis costillas, voy a tener que volver a correr detrás de los animales para cenar”. En este momento, un mono, muy pequeño, llegó al río para beber, no había visto al león. Pero el león sí lo vio y en un santiamén, puso su pata encima de su cola. “¡Qué miedo!” exclamó el mono y se tapó los ojos con las manos. El león suspiró: “Me encantaría que fueras una cebra!”, eres tan pequeño que no vas a llenar mi estomago vacío”.
El mono se destapó los ojos y levantó la mirada hacia el león, “¡Oh! sí, soy MUY pequeño!” dijo rápidamente, “¡No vale la pena comerme!”.
Le contestó el león “Además, incluso si fueras una cebra, preferiría mil veces comerme un guiso de zanahoria”....
“¿Un guiso de zanahoria ?” dijo el mono pensativamente “¿Eso es un guiso con zanahorias, no ?
“Con champiñones y hierbas y pescado fresco...” dijo el león. “Lo haría yo mismo, pero no puedo, parece que todo me sale al revés”
“Bien” dijo el mono, “Yo se lo haré... Si levanta un poquito su pata... ”
El león levantó la pata y el mono se puso a hacer el guiso, aunque era la primera vez que cocinaba... Regó las zanahorias, pescó un pez, recogió los champiñones con sus finos dedos... y por fin el guiso estuvo preparado. Pero cuando el león lo probó, se puso a llorar con grandes lágrimas. “¡ Maldito mono, has echado demasiadas cebollas! Ahora te voy a comer”.
“Lo siento”, dijo el mono muy asustado, “haré otro guiso enseguida”.
“Date prisa” dijo el león que tenía más hambre que nunca.
El mono cocinó muy rápido, pero cuando el león probó el guiso, se puso a estornudar con tal fuerza que el mono salió volando y cayó al río. “¡Demasiada pimienta! Ven aquí que te coma”.
El mono salió del agua y le contestó: “La próxima vez, lo haré con mi receta secreta. A todos los leones les gusta muchísimo”.
“Bueno”, rugió el león, “Ya puedes darte prisa. Tengo mucha, mucha hambre”.

El mono se apresuró. Recogió las finas hierbas y las zanahorias y cogió pescado fresco. Luego, se subió a un cocotero y cogió un gran coco “Espero que la leche de coco le de muy buen sabor al guiso” pensó.
Cuando el león probó el tercer guiso, se quedó encantado, se lo comió todo y luego se echó y se puso a roncar, eso no lo había podido hacer desde el día en que se marcharon los conejos a visitar a su abuela.
“Haré más guiso, mañana” prometió el mono”. Y todos los días, el mono le hacía la cena al león. Muy pronto, el león se puso gordo de nuevo. Y excepto algún rugido que otro a la cebra o al elefante, no se oía ningún otro ruido en la selva.

Cuando los conejos volvieron de casa de su abuela, se encontraron el mono guisando (siempre tenía una gran olla llena de guiso en el fuego, se sentía más seguro así...).
Todos se sentaron alrededor de la mesa y disfrutaron de la mejor cena que nunca habían tenido. Los conejos encontraron que el guiso sabía mucho mejor con la leche de coco que sin ella.
“Nos gustaría que te quedaras a vivir con nosotros” dijeron los conejos al mono. “Todos los días, podrías recoger los cocos para el guiso...”
“Estaré muy contento de recoger los cocos” dijo el mono muy educadamente, “pero si no les importa, seguiré viviendo con el león”.

Y a partir de este momento, todos fueron felices comiendo cada día el delicioso guiso de zanahorias con el león. Nunca el león volvió a ser flaco y nunca volvió a molestar a los demás animales del lugar.






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