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Dos Hermanas

Enviado por Dos Santos el 06/08/2007

Dos Hermanas

Caminaba por las angostas calles del barrio antiguo de la ciudad en busca de un abanico de época para regalar a su amiga de la infancia. Había entrado ya en varias tiendas y nada de lo que le mostraron se acercaba a su idea. En estos comercios siempre le ocurría que quedaba atrapada por algún objeto que nada tenía que ver con el origen de su búsqueda, y que la remitía a evocaciones.

Entre en una tienda que estaba abarrotada de todo tipo de juguetes antiguos, primero mire la vitrina del escaparate pegando mi nariz al cristal en busca del abanico y a continuación accedí al interior. Sobre el mostrador de madera se encontraban dos muñecas que despertaron mis recuerdos y pregunté ¿Por casualidad no tendrá una Mariquita Pérez? Por suerte sí, respondió la señora, y son bien difíciles de encontrar en buen estado.
Se dirigió hacia un viejo armario semi oculto en el fondo del local bajo un altillo, yo me quede expectante mientras veía como su brazo penetraba en la oscuridad de su interior y tuve la sensación de que este se introducía en otro tiempo. Se me aceleró el corazón ante el encuentro y una excitación se apoderó de mi. Segundos más tarde, como por encantamiento, emergía de la oscuridad Mariquita Pérez vestida de paseo.
Tras un silencio emocionada dije ¿Puedo cogerla? Por supuesto, respondió la señora. Cuando la tomé entre mis manos los ojos se me inundaron de infancia, las aletas de la nariz se agitaron rastreando el olor a pasado, el traje de los años desapareció, me sonrojé y no pude evitar manifestar con desconcierto... La recordaba mucho más grande.

Salí del anticuario algo confusa, me gire hacia la luna del escaparate y vi a una mujer reflejada, a su lado una niña de no más de seis años. Sacudí la cabeza, apreté los ojos, sujeté la memoria y turbada, tarde no se que tiempo en comprender la visión. Después pensé que, extraordinariamente de la mano del tiempo se despertaba la memoria, y no pudo evitar sentir la pérdida.

“Caminaba de la mano de su madre y giraron dejando atrás la Puerta de Alcalá para tomar la calle Serrano, la pequeña de no más de seis años saltaba de emoción tirando de la madre, pocos pasos más y llegaron al inmenso escaparate de la casa de Mariquita Pérez, se detuvieron ante él y la niña pegó su cara contra la luna de cristal. Allí estaban dos Mariquitas Pérez, una de ellas llevaba el uniforme de su colegio, hasta los calcetines y zapatos gorila eran los mismos, la otra iba con los patines puestos. La niña se giró, miro a su madre y dijo, la quiero de hermanita”.

Durante largos años Mariquita Pérez fue para mi mucho más que una muñeca, fue la hermana y confidente que no tuve, y gracias a ella hoy he vuelto a ser otra vez niña.




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