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DEJARSE HABITAR POR LA ESPERA

Enviado por Gerard el 12/08/2007


La ancha losa de piedra que sirve de banco sigue allí, en el punto en que los dos caminos se juntan. Cada vez que vuelvo al pueblo, mi mirada se posa en ella para encontrar apoyo seguro. No para sentarme y descansar. El lugar que esa piedra ocupa en mi vida es de otro orden.
Cuando yo iba a la escuela, mi amigo Pierre llegaba por el otro camino, y el banco era el lugar de nuestro encuentro. Desde allí continuábamos juntos, la cartera a la espalda, hacia la aglomeración y el gris edificio en el que estaban la pizarra, los pupitres, los tinteros. Cada uno se apresuraba hacia el lugar donde confluían los dos caminos.
Habíamos convenido una señal: si el primero que llegara no podía esperar, dejaba en la esquina de la losa un minúsculo guijarro. De lejos, la mirada corría para constatar si había que esperar al amigo. Tocaba sentarse en el banco, y pronto se oía el canto de los zuecos de madera. Pero si el pequeño guijarro estaba de guardia, había que continuar... A lo largo de semanas y de meses, la amistad vivía, atravesaba las esperas y encontraba sus certezas, fija la mirada en la vieja losa silenciosa.
Los transeúntes veían también la losa de piedra, pero ¿la miraban? Respecto del pequeño guijarro, desconocían su significado. ¿Podían incluso prestarle atención o solamente percibirlo, cuando ningún deseo agudizaba su mirada? Estaba allí y no lo veían. Y la ausencia del guijarro, que paradójicamente anunciaba la próxima llegada, la conversación, los juegos y los proyectos, ¿cómo habrían podido constatarla y adivinar su venturoso sentido?
¿Por qué mis ojos se apoyan siempre en la ancha losa? ¿Porque me trae recuerdos de infancia feliz? Sí, claro, pero para mí es mucho más. Se ha convertido en la imagen de la fe. Algunos creen percibir de lejos lo que otros no ven. ¿Cómo acordar el corazón para acoger la más mínima señal? No lo sé. A veces, veo el pequeño guijarro, sin más: el Amigo ha pasado, aquel del que la Biblia dice que sólo se le ve por la espalda, silueta en camino que franquea el horizonte. Con frecuencia no veo nada: es que no ha pasado, que hay que dejarse habitar por la espera, y que va a venir.
Plenitud de la ausencia...


Gérard Bessière





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