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Concurso de cuentos de febrero

Enviado por Irene el 01/18/2008

EL SOLDADITO DE...


Querida Aurora:

Ya me has escrito tres cartas desde que tu profesora nos puso en contacto, a ti y a todos tus compañeros, conmigo y los demás niños de Kampala. Gracias por el cuento de “El soldadito de plomo”, pues aunque no tiene un final muy feliz, no lo conocía y me gustó mucho. Yo también voy a contarte hoy un cuento, aunque, como el tuyo, es un poco triste. Se llama El soldadito de carne y hueso.

Érase una vez un niño pequeño al que le encantaba jugar con las cabras y contemplar las estrellas.

Un día, llegaron a buscarle unos soldados grandes, porque su país estaba en guerra. Lo apartaron de su familia y se lo llevaron a un bosque, para convertirlo en un soldadito. Allí lo embrujaron y lo transformaron en una especie de títere, que hacía lo que le mandaban sin rechistar. Como si fuera un soldadito de plomo, que la mano del niño mueve para jugar. Le obligaron a hacer muchas cosas malas.

El soldadito era tan pequeño, que casi no podía sujetar su arma. Pero era muy valiente, mucho más valiente que los soldados grandes, porque no tenía miedo. Pensaba que todo era un juego, y jugaba sin pensar.

Fue pasando el tiempo, y el soldadito se olvidó de su familia, de sus cabras y de las estrellas, que tanto le gustaba mirar por la noche. El hechizo que los soldados grandes le habían echado era tan poderoso, que el pobre soldadito llegó a convencerse de que era malo, tan malo como los soldados grandes.

Vivió en el bosque mucho tiempo, hasta que un día un soldado grande que pertenecía al bando contrario, le disparó en la batalla. El pobre soldadito no pudo evitar la bala, porque siempre combatía en primera línea de fuego, como el soldadito de plomo.
Porque era el que menos miedo tenía. El más valiente.

¿Te acuerdas, Aurora, de mi hermano Suyay, del que te hablé en la primera carta? Le gustaba cazar todo tipo de bichos feos para asustarme, hacerme cosquillas y echar carreras conmigo. ¡Claro, como siempre me ganaba! Y por la noche, tenía la costumbre de dormir de mi mano, para que yo no tuviera miedo. Él nunca lo tenía, era el más valiente de todos los niños.

Un día, los soldados grandes vinieron a buscarle y se lo llevaron al bosque, porque sabían de su coraje y querían convertirlo en un soldadito.

¿Sabes? Creo que allí le hechizaron, porque cuando consiguió escaparse y volver a casa, ya no era un soldadito como el de mi cuento, de carne y hueso. No volvió a buscar insectos para hacerme de rabiar, ni volvió a jugar conmigo, ni a darme la mano para dormir.
Se había convertido en un soldadito como el tuyo: Un soldadito de plomo.

Con cariño...
Nosara.




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